La encrucijada de Santos


Cuando Santos dice que solo acatará el fallo de La Haya en tanto queden garantizados los derechos de los habitantes de San Andrés, lo que está queriendo significar es que va a acatar el despojo. Santos está en la que es, muy probablemente, la mayor encrucijada de su gobierno: si desacata el fallo, se cae el proceso de La Habana; si lo acata, se le cae la reelección (hoy solo lo reelegiría el 33 por ciento).

Y como Santos es un tahúr consumado, es fácil prever la jugada que se trae entre manos: va a tirarle los restos al proceso con las Farc y va a entregar el mar de San Andrés, pero sin admitirlo, logrando acuerdos con Ortega para que les permitan a los pescadores seguir echando sus redes ahí. Por supuesto, dará contentillo a los sanandresanos con casas gratis y otras arandelas, aunque terminarán olvidados, a la vuelta de unos meses, como cualquier Gramalote.

Pero, para que la reelección no se caiga, Santos tendría que firmar una paz con las Farc del tipo que propone el procurador Ordóñez -con sometimiento de la guerrilla, entrega de las armas y sin asamblea constituyente-, pues no se aceptará cosa distinta. De hecho, el apoyo que tenía este proceso se desinfló: según Ipsos, pasó del 77 al 57 por ciento; y, según Datexco, el respaldo es de solo el 49 por ciento. Es decir, la etapa de enamoramiento se acabó; cunde el realismo: solo el 25 por ciento cree que el proceso de ‘paz’ tendrá éxito y apenas el 18 por ciento cree en una voluntad real de paz de las Farc (Datexco).

Desde esa perspectiva, ¿por qué el Presidente no habría de hacer lo contrario, desacatando el fallo para ganar el favor popular de los colombianos? Santos se ha caracterizado por ser vacilante -no solo ahora-, por sus reversazos y por tratar de quedar bien con todo el mundo. Pero en lo que se ha mantenido firme desde el comienzo es en su relación contemporizadora con los nuevos mejores amigos, que es de quienes depende el proceso con las Farc. Quien tiene la llave es Chávez, y toda esa caterva -incluido Ortega- se tapa con la misma cobija, hasta el punto de ser válida la pregunta de si San Andrés hace o hacía parte de lo que se cocina en La Habana.

No en vano, Enrique Santos Calderón, hermano del Presidente y quien encabezó los acercamientos secretos con las Farc en Cuba, se apresuró a advertir que roces con Managua podrían abortar el proceso. A su vez, los amigos del apaciguamiento piden acatar el fallo so pena de graves consecuencias, que en casos similares no se han dado, y califican la reacción nacional de patrioterismo barato y ejemplo de laxitud moral. No dirían lo mismo si la pérdida fuera con un país que no perteneciera al Alba -digamos Panamá o Costa Rica- y muchísimo menos si fuera con los Estados Unidos: estarían haciendo revueltas y quemando banderas gringas en todo el país.

En el fondo, el problema no es Nicaragua, sino el vecino, que nos viene amenazando con sus Sukhoi hace tiempos. El mismo Santos, como columnista, fue el primero en denunciar la carrera armamentística de Chávez y en señalar que su objetivo, sin lugar a dudas, era Colombia. Roto el balance militar, la única manera de blindarnos contra sus pretensiones eran las bases gringas, que es por lo que causaban tanta repulsión entre los socialistas del siglo XXI. Paradójicamente, fue Santos el que desmontó el acuerdo para su instalación dejando al país inerme, al alcance de los lobos. Y ahora Ortega anuncia ejercicios militares con los gringos… ¡Vivir para ver!

El que parece que no va a vivir mucho es Chávez y ahí tocaría barajar de nuevo. Pero, por ahora, la apuesta de Santos es un caso perdido: creer en un proceso que no tiene norte e irse en contra del 83 por ciento de colombianos que piden el desacato puede marcar el lánguido final de un gobierno que, por un cúmulo de errores, se quedó sin margen de maniobra.

Fuente: Eltiempo.com