Pensar rápido y pensar despacio en campañas políticas

Por: Carlos Andrés Naranjo Sierra
Nuestro cerebro es el fruto de millones de años de evolución, los cuales han esculpido su funcionamiento como una poderosa herramienta de supervivencia a partir de la metacognición y la imaginación, pero esta poderosa herramienta está supeditada a cometer frecuentes errores de juicio que influyen directamente en cómo decidimos por quién votar en las elecciones y, en consecuencia, en la democracia misma.

No podemos olvidar que el cerebro humano está diseñado para un mundo que existió en el período paleolítico, donde las decisiones debían tomarse rápida y efectivamente para no terminar en el fondo de un acantilado o de la boca de un depredador. Esto hace que tomemos decisiones cotidianas en una especie de piloto automático que es presa fácil de estímulos netamente emocionales, lo que el psicólogo, y premio Nobel de economía, Daniel Kanheman, ha llamado la heurística.

La heurística es una forma de atajo mental que hace que resumamos superficialmente los datos disponibles para la toma de una decisión, no importa si es para comprar una crema dental o para votar por un presidente. Aunque esto pueda parecer banal o molesto para algunos, el cerebro no funciona como queremos, sino como es. Por eso debemos trabajar para entenderlo, para entendernos. Tal vez así podamos darnos cuenta de nuestros sesgos y hacer algo al respecto.

Kanheman divide el pensamiento en dos tipos: rápido y lento. El rápido es el que usamos con mayor frecuencia, conectado al sistema límbico. El lento, conectado al neocórtex, suele ser menos frecuente pues exige más tiempo y esfuerzo, y todos los sistemas, incluyendo nuestro sistema nervioso, tienden al consumir el mínimo posible de energía para ser eficientes. De modo que pensar racionalmente exige un costo adicional que no todos están dispuestos a pagar. De allí que las campañas publicitarias (comerciales) y de propaganda (ideológicas) dirijan sus argumentos a la emoción y no a la razón.

Asco, miedo, alegría, tristeza e ira, son las emociones básicas a las que suelen dirigirse los mensajes de marketing comercial y electoral. La argumentación racional infortunadamente no suele funcionar bien en primera instancia, pues pide al elector un costo mental alto y el proceso psicológico de elegir un candidato, suele funcionar como una decisión de bajo involucramiento, neurológicamente similar a la compra de un pequeño electrodoméstico. Es decir, pensamiento rápido, altamente supeditado a los sesgos cognitivos.

¿Está condenada la democracia a padecer los peligros del voto emocional? No necesariamente. Algunas campañas se las han ingeniado para comunicar argumentos racionales en empaques emocionales. Empaques que sirven de vehículo para que ideas un poco más complejas, y generalmente necesarias, lleguen al elector por medio de un canal que funciona en modo rápido pero que luego puede funcionar en modo lento y reflexivo. La frase ganadora de la campaña Clinton Vs. Bush (padre) de 1992 es un buen ejemplo: “es la economía, estúpido”.

Si usted pretende embarcarse en una campaña de marketing electoral, como parte de su estrategia de marketing político, tenga en cuenta estas breves reflexiones. No para quedarse en la forma, sin propuestas y sin razones (después de todo el marketing de gobierno le exigirá que sus promesas funcionen en la complejidad de la vida real), pero sí para construir un mensaje que se conecte emocionalmente con sus electores. De otro modo sus propuestas, por muy buenas que sean, corren el riesgo de no recibir la suficiente atención para convertirse en el suficiente número de votos para hacerse realidad.

Campañas políticas y emociones

Por: Carlos Andrés Naranjo Sierra
En la profundidad de los lóbulos temporales de nuestro cerebro yacen un par de estructuras, apenas más grandes que un frijol, llamadas amígdalas cerebrales. Éstas controlan las emociones más básicas de nuestra vida: miedo, ira y sosiego, las cuales a su vez conducen a conductas de supervivencia ante el peligro como la huida, la confrontación o el sometimiento. Las campañas políticas no son la excepción.

No es gratuito que el llamado al miedo o a la ira, a través de la indignación, sea una de las estrategias preferidas de los asesores políticos en todo el mundo. ¿Y el sosiego? Éste no es tan efectivo pues no suele conducir a la acción. Las otras emociones, que llamamos básicas en psicología, como la alegría, la tristeza o el asco, provienen igualmente del sistema límbico pero no de las poderosas amígdalas cerebrales y sus llamados irrefrenables.

Campañas como la que condujo a Donald Trump a la presidencia de EEUU, basada en el miedo a los inmigrantes, en especial a los musulmanes, o la de Occupy Wall Street o Anonymus, basadas en la indignación que producen los privilegios de las grandes corporaciones, llevan consigo un elemento común: estimular las emociones básicas de nuestro sistema nervioso central para movilizarnos.

Algunos consideran que las únicas emociones a las que deben apelar los mensajes publicitarios de las campañas políticas, deberían ser las “positivas”, pero el juicio moral sobre este asunto es algo que no tiene relación directa sobre la naturaleza de las emociones. Éstas existen por su función evolutiva y en ese sentido todas son “positivas para la supervivencia”. El otro aspecto a considerar es que el peligro suele ser más apremiante que el premio. Por ejemplo, un incendio en nuestra casa nos hace movilizarnos con mayor eficacia que la promesa de un nuevo auto.

Sin embargo, ¿no podríamos hacer una campaña basada en la alegría? Debemos reconocer que ésta requiere una elaboración un poco mayor por parte de los votantes, pero claro que es posible. Muestra efectiva de ello fue la campaña del No para el plebiscito chileno que terminó con el gobierno de Augusto Pinochet, a través de un mensaje claro y contundente para contrarrestar el miedo: Chile, la alegría ya viene.

Los recientes descubrimientos de las neurociencias han abierto un nuevo horizonte, con sus luces y sus sombras, para el estudio de las emociones, el pensamiento y la conducta de animales humanos y no humanos. Cada día es más frecuenteencontrar el prefijo neuro atado a un nuevo campo de estudio como el neuromárketing, la neuroeconomía o la neuropolítica. Términos que, rimbombates, suelen deslumbrar al público neófito, pero que son simplemente la aplicación de las neurociencias a algún área de estudio.

Eso sí, el futuro cercano nos espera lleno de nuevos caminos para recorrer y reflexionar sobre la aplicación de las neurociencias a las ciencias de la salud y, en especial, a las ciencias sociales. Sin embargo la pregunta que seguirá pendiente de respuesta proviene de nuestro pasado lejano, donde un grupo de seres humanos se reunían en el ágora para hablar de la lo mismo que todavía nos perturba hoy como especie: el manejo de la política y la democracia. ¿Usted que piensa?

Breve reflexión sobre un comparendo de un agente del Tránsito de Itagüí

Por: Carlos Andrés Naranjo Sierra
Había acabado de dejar a una amiga en su casa, un minuto después apareció una motocicleta pitándome detrás y con una sirena encendida. Me detuve y un guarda con actitud de pocos amigos me indicó que me hiciera a un lado. “Acaba Usted de pasarse un semáforo en rojo”, me dijo. Me pareció increíble lo que decía. Que yo sepa, no soy daltónico y yo había visto claramente la luz en verde, motivo por el cual decidí adelantar el bus que había parado varios metros adelante, donde está prohibido, a recoger unos pasajeros.

– ¿En rojo? Que pena, la luz estaba en verde, le dije.
– En rojo, repitió Reynocio Andrade.
– Bueno, ¿no hay una cámara allí?, le pregunté. Estoy seguro de que la luz estaba en verde.
– Puede averiguar a ver si está buena, no creo. Afirmó el agente Andrade.
– Si no está buena, será su palabra contra la mía.
– Así es señor.

Acto seguido me pidió los papeles y me repitió toda la perorata sobre los días de pago y la audiencia en la cual me aseguró que estaría, si yo no pagaba los primeros días. Un silencio incómodo aparecía después de cada frase que pronunciaba el agente, como esperando alguna respuesta mía, la cual nunca apareció luego de revelarle que el bus se había detenido en luz verde. No tenía sentido discutir con alguien que afirmaba algo tan obtuso y no suelo ofrecer dinero para evitar las multas. Yo bajaba por la carrera 49 y él estaba en la calle 48. Es decir, a 90 grados de mi semáforo. Él no tenía como ver que estaba en rojo, sólo lo supuso por el bus que paró a recoger pasajeros, en una cuadra donde la señal vertical indica claramente que no puede hacerse (Lea también: Sobre la ley como un estímulo a la corrupción).

Averigüé en Secretaría de Gobierno en la Alcaldía de Itagüí y efectivamente la cámara está mala, como muchas otras, tal como pude comprobar con los agentes de policía de la estación, lo cual además es una pena en un municipio que fue elegido por el Gobierno Nacional como ejemplo de recuperación de la seguridad gracias a sus programas integrales, entre los que se contaba con énfasis el tema del monitoreo en video del territorio. Al parecer algunos agentes de tránsito lo saben y aprovechan la falencia.

Pero más allá del tema de la cámara, me ha parecido una pena escuchar lo que me han dicho casi todas las personas cuando les he comentado el caso: “Los agentes de Itagüí y Bello son de los más corruptos del Valle de Aburrá. Como tenés un carro grande, el tipo seguro estaba buscando su prima en esta Navidad. No tenés nada que hacer”. Me resisto a creer que tenga que ser así. Generalmente pago mis impuestos y mis multas, pocas por demás, pero este no era el caso. Por eso he decidido escribir este artículo, que al parecer es lo poco que nos queda como dignidad a los ciudadanos colombianos: la queja y la denuncia.

Creo que podremos construir un país justo y en paz basados en aceptar la realidad de la corrupción, o por lo menos de la negligencia. Es natural que los seres humanos nos equivoquemos pero aún más si persistimos en el error y creemos que el Estado es un ente para sacar provecho personal. Si éste es el camino, borremos el principio constitucional del Estado como garante de los derechos, la presunción de inocencia de los ciudadanos, eliminemos aquello de que los funcionarios públicos son servidores y preparémonos para vivir en el totalitarismo que temía Isaac Asimov.

La corrupción acecha en las oficinas de Planeación y Catastro del oriente antioqueño


“Todo el mundo sabe que para que un permiso salga pronto, se necesitan dos millones de pesos en Rionegro. Algo similar sucede en El Retiro o La Ceja”
 dice Juan Carlos Mazo*, un contratista que trabaja construyendo casas en el Oriente Antioqueño, y no es el único. Entre la gente que ha comenzado a migrar hacia este nuevo polo de expansión, es común escuchar este tipo de secreto a voces.

Incluso para conseguir permisos de locales comerciales, los habitantes de los municipios del oriente antioqueño deben soportar muchas veces las insinuaciones de pagos non sanctos, por parte de funcionarios oficiales, si desean abrir sus locales en menos de seis meses. “Tenemos mucho trabajo. Ese permiso depende más de usted que de nosotros, así que usted dirá”. fue la frase con la que recibieron el año pasado a un pareja de comerciantes que averiguaban por la licencia para un pequeño local de servicios en municipio de El Retiro.

El deseo de muchos habitantes de Medellín y sus municipios cercanos, por tener un sitio de descanso los fines de semana cerca del Valle de San Nicolás, ha disparado la voracidad no sólo de constructores y compradores, sino también de funcionarios públicos que pretenden enriquecerse exigiendo pagos adicionales por realizar sus funciones legales. Recientemente desde la dirección de GALERIAPOLITICA.COM, pudimos comprobar cómo al seguir los conductos regulares para gestionar el papeleo de una propiedad, la respuesta puede tardar cerca de dos años.

Un periodo de espera demasiado largo, teniendo en cuenta que no puede pasarse a la fase de construcción sin los debidos documentos. Luego viene la gestión de la obra y los servicios públicos de luz y acueducto, que pueden tardar perfectamente otro año más. Con lo cual no se podría habitar una finca antes de tres años. La gente hace cuentas, mira el dinero que pierde esperando y desafortunadamente algunas veces termina cediendo ante la corrupción que acecha en las oficinas de Planeación y Catastro del oriente antioqueño.

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*El nombre de la fuente ha sido cambiado para proteger su identidad.