

“La verdadera historia de Colombia no existe». Lo que existen son múltiples versiones del pasado que deben competir mediante evidencias, fuentes y argumentos. Esa es una de las ideas centrales de la conversación entre el historiador Eduardo Domínguez y el psicólogo Carlos Naranjo, director de GALERÍA POLÍTICA, en su podcast Contrapregunta.
La afirmación puede parecer provocadora, pero Domínguez advierte que los hechos históricos no son relativos ni que cualquier interpretación tenga el mismo valor. Su planteamiento es otro: la historia se construye a partir de diferentes preguntas, perspectivas y fuentes, y ninguna de esas aproximaciones debería presentarse como la única interpretación posible del pasado.
Para el historiador, estudiar la historia tampoco consiste en regresar permanentemente al pasado para buscar al “verdadero” Bolívar, Córdoba o María Cano. La función de la historia sería, más bien, ampliar nuestra comprensión de las alternativas que han existido y ayudarnos a identificar caminos hacia el futuro.
Los hechos necesitan pruebas
Que existan diferentes interpretaciones no significa que todas sean igualmente válidas. Domínguez insiste en que las afirmaciones históricas deben estar respaldadas por evidencias. Archivos históricos, antropológicos, sociológicos, políticos y culturales permiten construir hipótesis y sostener determinadas conclusiones. Por eso, frente a una afirmación que pretende presentarse como verdadera, la pregunta fundamental es: ¿cuáles son las pruebas?
La diferencia es importante en tiempos en los que una afirmación puede adquirir una enorme circulación simplemente porque se repite muchas veces.
En la entrevista, Domínguez utiliza incluso un ejemplo deliberadamente provocador: si alguien presenta a un político contemporáneo como un santo, no basta con el discurso o la reputación. Es necesario revisar sus acciones y contrastarlas con fuentes primarias.
La historia, de esta manera, no es una colección de relatos equivalentes. Es un campo de investigación en el que las interpretaciones deben demostrar su credibilidad.
Historia, poder y democracia
La discusión adquiere una dimensión política cuando se aborda la relación entre historia y poder. Domínguez cuestiona la conocida afirmación de que “la historia la escriben los vencedores”. Con la consolidación de los departamentos universitarios de historia, sostiene, la investigación comenzó a tomar mayor distancia de los poderes establecidos y a desarrollar metodologías compartidas y sometidas al debate académico.
Eso no significa que el poder haya desaparecido de la discusión histórica. Según Domínguez, los poderes políticos pueden favorecer las versiones del pasado que consideran convenientes y tratar de desacreditar o esconder aquellas que les resultan incómodas. De ahí la importancia de acceder a fuentes diversas y de mantener abierto el debate público.
El problema de fondo no es solamente qué versión de la historia se impone, sino quién tiene la posibilidad de investigar, preguntar, cuestionar y hacer circular una interpretación diferente. Y ahí la historia se encuentra directamente con la democracia.
Una democracia sin temas prohibidos
Para Domínguez, una sociedad democrática necesita que diferentes puntos de vista puedan expresarse públicamente. Las universidades, por ejemplo, deberían funcionar como espacios abiertos al debate y no como instituciones encargadas de imponer una única manera de pensar.
La misma idea la lleva al terreno de la cultura política. En la entrevista sostiene una frase especialmente contundente:
“No hay tema vedado en el mundo de que uno no puede hablar.”
Y agrega:
“Todo, todo, todo, todo se puede hablar y hay que mantener la disposición permanente.”
Para Domínguez, evitar las conversaciones difíciles no hace desaparecer los problemas. Por el contrario, una democracia requiere que las diferencias puedan expresarse y confrontarse mediante argumentos. De ahí otra de sus afirmaciones centrales:
“La democracia es la necesidad del debate político permanente y público.”
La idea tiene una consecuencia concreta: defender una posición política es legítimo; impedir que otros expresen la suya mediante la violencia o la censura es incompatible con el debate democrático que Domínguez propone.
Una lección para el periodismo
La entrevista también permite establecer una relación directa entre historia y periodismo. Domínguez ha dedicado parte de su trabajo académico a estudiar la manera como los medios seleccionan y presentan la información. En una investigación sobre el tratamiento que la prensa dio a la Universidad de Antioquia durante cincuenta años, encontró que el periódico no entrega simplemente una acumulación de hechos: organiza la información, establece jerarquías y construye determinados imaginarios.
Pero lo más interesante ocurrió cuando la investigación cuestionó sus propias expectativas. Domínguez esperaba encontrar una actitud particularmente negativa de la prensa conservadora hacia la Universidad de Antioquia. Sin embargo, después de revisar décadas de editoriales y columnas de opinión encontró un panorama diferente, caracterizado en numerosos casos por el reconocimiento y la valoración positiva de la institución.
La experiencia ilustra una regla básica tanto para el historiador como para el periodista: investigar también significa estar dispuesto a descubrir que la hipótesis inicial era equivocada.
Todos somos historia
Otro de los planteamientos de Domínguez cuestiona la manera tradicional de enseñar historia. En lugar de concentrarla exclusivamente en grandes personajes y acontecimientos políticos, propone una mirada más amplia. La historia también puede encontrarse en la ropa, la comida, las costumbres, los juegos y las formas cotidianas de vivir.
“Todos somos historia”, sostiene al recordar una de sus investigaciones. No solamente los presidentes, los militares o los personajes que aparecen en los monumentos dejan huellas históricas. También las dejan las personas comunes y las comunidades.
Esto supone abandonar una visión exclusivamente heroica del pasado. No se trata de eliminar a los personajes tradicionales de la historia, sino de comprender que detrás de cada uno de ellos existieron sociedades enteras que hicieron posibles los acontecimientos.
La historia como ejercicio democrático
La conversación termina planteando una idea que resulta particularmente relevante para la vida política: una sociedad democrática no necesita ponerse de acuerdo sobre una única interpretación de su pasado para poder convivir. Necesita, en cambio, garantizar las condiciones para que diferentes interpretaciones puedan ser investigadas, demostradas, discutidas y eventualmente corregidas.
Domínguez lo expresa al hablar de las versiones de la historia: lo fundamental no es simplemente “conocer la historia”, sino conocer sus diferentes versiones, escoger, defender, debatir y participar. Las versiones que adquieren mayor credibilidad deberían ser aquellas que puedan demostrar sus afirmaciones mediante las fuentes en las que se apoyan. En una época de redes sociales, desinformación, polarización y circulación masiva de opiniones, la distinción entre una afirmación, una interpretación y una evidencia resulta cada vez más importante.
Quizás esa sea la verdadera enseñanza de la entrevista: la democracia no necesita ciudadanos que conozcan una única historia oficial. Necesita ciudadanos capaces de escuchar diferentes historias, examinar sus evidencias, discutirlas públicamente y formar su propio juicio. Y para que eso sea posible, como recuerda Domínguez, hay una condición elemental: no debería haber temas de los que una sociedad democrática tenga prohibido hablar.
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