Mi aporte es no creer en las FARC

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Por: Saúl Hernández Bolivar
‘Paz’ es un término abstracto que, en conjunto con su polo opuesto, que sería ‘guerra’ o ‘violencia’, conforma una de esas dualidades asociadas a los conceptos del bien y el mal, sobre los que se fundamentan las religiones y las normas sociales desde las civilizaciones más antiguas.

Luz-oscuridad, amor-odio, generosidad-egoísmo, diligencia-pereza, sacrificio-comodidad, placer-dolor, solidaridad-indiferencia, filantropía-envidia, en fin. A cada virtud humana corresponde un vicio, una tara moral, una corrupción del espíritu que, paradójicamente, es lo que nos hace humanos, lo que nos caracteriza. De lo contrario, seríamos ángeles o viviríamos en esos paraísos utópicos de leyenda, como Shangri-La.

Todos los seres humanos, a menos que se padezca un grave trastorno mental, eligen estar del lado de los valores que representan el bien. Por eso, no tiene ningún mérito expresar eso de “yo creo en la paz”, pues tal virtud no reside en el concepto mismo, en su nominación o expresión, sino en la acción individual o colectiva de los seres humanos, que somos los que practicamos los vicios y las virtudes. Luego, lo que hay que afirmar o negar es si uno cree o no en que la decisión de las Farc, de hacer política por vías pacíficas, sea o no sincera.

Todos queremos la paz, y creemos en ella, en el sentido de que vivir en paz es el estado ideal de todo ser humano, pero a la inmensa mayoría nos cuesta creer en las Farc, porque conocemos de sobra su naturaleza, y muchos no creemos tampoco en el gobierno de Santos –la otra parte de la negociación– por haber traicionado el mandato que recibió de nueve millones de electores.

Una cosa, entonces, es creer en la paz como estado superior de convivencia social, y otra, muy distinta, es creer en las Farc y en que el negociado que traman con Juan Manuel, en secreto, derive en algo similar a la paz. Mucho menos cuando Santos acude al estilo Maduro para sembrar una división social inaceptable con ese artificioso dilema de amigo-enemigo de la paz, con lo que se estigmatiza a quienes no compartimos los términos de la transacción.

Más grave aun es que se firme algo, en cuyo caso tendremos un virus troyano carcomiéndonos por dentro, porque para las Farc la democracia y sus instituciones son solo ‘instrumentos burgueses de dominación de las masas’, y su único propósito es destruir al establecimiento burgués para remplazarlo por la dictadura del proletariado, usando la táctica chavista de tomarse el poder guardando apariencias democráticas.

La semana anterior, las Farc desconocieron al Poder Judicial diciendo que “los tribunales colombianos no tienen el decoro y la competencia (para juzgarlos), porque este ha sido un Estado criminal”, y que el Estado es el que debe pedir perdón, no ellos. Con declaraciones como esas, sorprende que se insista en este sainete.

Tal vez lo más patético de este asunto es que a estas aberraciones Santos las llama “avances”, así la negociación cumpla hoy 203 días sin siquiera haber logrado acordar el primer punto. Además, el Presidente incurre en una notoria contradicción al decir que los enemigos de la paz reculan al pedir paz sin impunidad, como supuestamente la quiere también el Gobierno. Pero a renglón seguido les pide a las Farc que “cambien las balas por los votos y rápido”, como si el Congreso fuera una cárcel o hacer política, un castigo.

Difícil creer en este proceso. Hace 10 años, Guillermo Gaviria y el gran Gilberto Echeverri pecaron de ingenuos creyendo en la no violencia de las Farc, y la no violencia los mató. Por eso, mi aporte (y el de muchos) es dudar, no creo en las Farc y no creo en Juan Manuel Santos.

Fuente: Eltiempo.com

Silvia

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Por: Salud Hernández-Mora
Antes los utilizaban como arma arrojadiza, los exhibían por el mundo como trofeos para que difundieran la barbarie de sus captores. Incluso, nombraron a uno de ellos canciller.
Ahora son un estorbo para todos, incluida Piedad y sus famosos colombianos y colombianas, que tanto alardeaban de lo que les preocupaba su suerte. Hoy en día, ser un secuestrado de la guerrilla es una ofensa, un ser molesto del que hay que sacudirse.

Por esa razón, si Silvia Serna quiere prestar un gran servicio al país, a su grandioso futuro, debe dejar ya mismo de preguntar por su hijo. Si lo secuestraron cuando aún las Farc secuestraban, qué hacemos. Y si ahora no lo devuelven, no es por falta de voluntad de los señores subversivos, en absoluto, sino porque ya no tienen secuestrados, a ver si la mamá de Edson se entera y deja la jodienda. Su sola presencia y sus reclamos fastidian. ¿Es que aún no entiende que el país quiere la paz y que si ambos bandos están dialogando sobre lo divino y lo humano, con enorme sacrificio y desprendimiento, es para que Edson y otros muchachos vivan sin temor a la guerra? Pero si Silvia, en lugar de admirar el esfuerzo y la valentía del Presidente, que se juega nada menos que su prestigio, se empeña en aguarle la fiesta, en insistir en que quiere a su hijo con ella, pues habrá que cerrarle todas las puertas hasta que aprenda.

Parece increíble que todavía haya mucho colombiano egoísta que no es consciente de que su caso personal es insignificante ante la magnitud de la empresa que el Gobierno se trae entre manos. Cierto que aprobaron una ley de víctimas que ha gustado mucho por ahí afuera, pero no pueden andar en pequeñeces, como la que pretende esa mamá y muchas otras. A ella la indemnizarán más adelante, cuando le llegue el turno, tendrá su platica, no sufra, pero ahora debe pensar en grande, hacerse a un lado para que no se cruce en la avenida hacia el Nobel de Paz, que está, según pronosticaron este año las propias Farc, a la vuelta de la esquina.

Para quien le interese, es decir, para los despiadados e indolentes guerreristas, solo recordar que Edson Páez Serna tiene 20 años, estudiaba quinto semestre de administración de empresas en Villavicencio cuando lo secuestraron y ayudaba a sus papás en el pequeño negocio de distribución de gaseosas y cerveza. Negocio que, por cierto, vendieron para pagar los 200 millones que exigió el frente 26 de las Farc para liberar al chico. Luego les pidieron otros 300, que ya no pudieron reunir. Es hijo único y su mamá, Silvia, no se imagina una vida sin tenerlo a su lado. Es una mujer inagotable, de una serenidad asombrosa. Se está desgarrando por dentro, pero jamás pega un grito ni tampoco arroja la toalla ni agacha la cabeza por mucha bofetada que reciba de ese segmento de la sociedad que el general Mendieta llamó “los buenos” en una de sus pruebas de vida.

Lleva 15 meses y 24 días en un infierno de incertidumbre. Pero bueno, supongo que para las Farc, el Gobierno y los que marcan la opinión y hacen la ola a lo que ocurre en La Habana, su padecimiento es un precio insignificante al lado de la gloria que les espera a los negociadores de lado y lado.

Al paso que vamos, para el próximo año, propondré a la Fundación País Libre, de la que hago parte, cambiar de objetivos. En lugar de preocuparse de los secuestrados, que ayude a combatir el robo de celulares, que es un delito más llamativo y no interfiere en la política de paz de altos vuelos. No tengo la menor duda de que si Edson fuera un iPhone o un BlackBerry le pondrían más cuidado y no resultaría tan molesto.

NOTA: Lamento ser tan negativa en este final de año. A ver si el próximo me dan motivos para sumarme al optimismo gubernamental. Quién quita que el 13 termine siendo bueno.
Fuente: Eltiempo.com

FARC podrían convertirse en organización política

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Después de finalizar la primera etapa de los diálogos entre el Gobierno de Colombia y la organización armada de las FARC, el Gobierno, representado por Humberto de la Calle, señaló que para obtener la paz y sellar el fin del conflicto, Colombia «no tiene que cambiar su modelo de sociedad. Hemos dicho que no estamos negociando el modelo de desarrollo y el sistema democrático de gobierno». Posición contraria a la manifestada por «Iván Márquez«, jefe de la delegación de las Farc, quien afirmó que en el país se hace necesario un cambio en el ámbito político y social «pues nada tenemos que entregar y mucho que exigir como parte de esa ingente masa de desposeídos por tierra, vivienda, salud, educación y verdadera democracia».

El primer gran anuncio que salió de la mesa es la posible y futura participación de las Farc en la vida política del país. Humberto de la Calle lo expresó abiertamente cuando mencionó que se han centrado esfuerzos para que uno de los resultados finales sea que «las Farc se conviertan en una organización política legal, sin abandonar su ideología». Además, contar con acuerdos «que les permitan dejar el camino de las armas y empezar su tránsito a la vida política». Este anuncio fue bien recibido por las Farc, que en la voz de «Márquez», recordó que tras tantos años de guerra, «ni el Gobierno ni el Ejército han podido vencer a la guerrilla ni nosotros tomarnos ese poder. Como producto de ese equilibrio de fuerzas sentarnos a conversar, parar la guerra y el Estado colombiano tiene la obligación de ceder, y mucho. Tenemos voluntad política».

Fuente: Elcolombiano.com