Historia de cómo Colombia perdió primero la Costa de Mosquitos y luego el mar de San Andrés


Por: Carlos Andrés Naranjo-Sierra
Hoy estamos ad portas de perder 75.000 kilómetros cuadrados del mar de los siete colores de San Andrés debido a un fallo adverso de la Corte Penal Internacional que otorgó a Nicaragua una nueva porción del mar de Colombia. Para algunos el mar ya se perdió y solo nos queda aprender para cuidar el que nos queda, para otros, el tema se resume en desacatar el fallo, como anteriormente lo han hecho otros países en similares circunstancias.

Si uno mira el mapa actual, antes de que Juan Manuel Santos firme algún tratado con Daniel Ortega que haga efectivo el fallo, se dará cuenta rápidamente de que el mar territorial colombiano llega hasta el Meridiano 82, haciendo que la porción de aguas colombianas estén muy cerca de la costa de Nicaragua sin ninguna razón aparente. Y la razón es más simple de lo que parece: la costa nicaragüense de La Mosquita que abarca la totalidad de la costa atlántica del territorio que hoy ocupa Nicaragua, pertenecía al Virreinato de Santa Fe, que luego sería la Nueva Granada.

Desde el siglo XVI el territorio de San Andrés, Providencia y la Costa de Mosquitos (cuyo nombre no se origina en el conocido insecto sino en los indios miskitos que habitaban la región, aunque el historiador Jorge Eduardo Arellano argumenta que se debe a las armas de la época llamadas mosquetes) pertenecían a la Corona española, la cual estaba concentrada al interior del continente en la búsqueda de El Dorado, abriendo paso así a invasiones de piratas británicos en estos territorios, aunque posteriormente fueron repelidas por la corona ibérica hasta desplazar a los ingleses al territorio continental. Una vez Colombia se independizó de España, reclamó esos territorios, incluyendo la Costa de Mosquitos, ya que pertenecían al territorio del imperio recientemente depuesto.

Sin embargo, Nicaragua consideró la costa como parte de su espacio geográfico natural, y al igual que Colombia, intentó infructuosamente ejercer soberanía sobre la Costa de Mosquitos, dejando a los corsarios ingleses como amos y señores del territorio, quienes posteriormente perdieron interés y apoyo de la corona para defender el lugar y decidieron entregarlo a Nicaragua por medio del Tratado de Managua, firmado en 1.860 entre Nicaragua e Inglaterra, en el que se declaraba la Reserva Mosquita como propiedad nicaragüense y dejaba de lado las pretensiones colombianas.

A principios del siglo XX, Estados Unidos comenzó su carrera expansionista en Centroamérica y por medio de la Ley Guano decidió que eran suyas las islas de Quitasueño, Roncador y Serrana. Posteriormente también cercenaría a Panamá del territorio colombiano, apoyando el pequeño movimiento independentista del Istmo y asegurando así el paso de sus flotas militares y mercantes del océano Pacifico al Atlántico y viceversa a través de la construcción del Canal de Panamá. Dentro de esa carrera expansionista, Nicaragua no fue la excepción, y entre los años 1927 y 1933 se convirtió en centro de intervenciones armadas estadounidenses.

En 1928 Colombia firmó con Nicaragua el Tratado Esguerra-Bárcenas por medio del cual se reconocía la soberanía de Nicaragua sobre la costa de Mosquitos y las islas Mangles, mientras que Nicaragua reconocía la soberanía colombiana sobre el archipiélago de San Andrés y el Meridiano 82, dejando pendientes los cayos de Quitasueño, Roncador y Serrana por estar en litigio con Estados Unidos. De este modo Nicaragua aseguraba su salida al mar Caribe y Colombia confirmaba su posesión del Archipiélago y una porción de mar. El 4 de febrero de 1980 Nicaragua declaró unilateralmente la nulidad de este Tratado alegando su invalidez por considerar que fue presionada por Estados Unidos.

Y es así como el 6 de diciembre de 2001, Nicaragua presentó ante la Corte Internacional de Justicia de La Haya una demanda para reclamar nuevas aguas y la soberanía del Archipiélago de San Andrés y Providencia, desconociendo la validez del Tratado Esguerra-Bárcenas, la cual fue aceptada por el gobierno del entonces presidente colombiano Andrés Pastrana, y que terminó en la sentencia del año 2012 que ya todos conocemos, en la cual se le reconoce a Colombia el dominio sobre los cayos pero se le asigna a Nicaragua una extensa porción de mar sobre la que ahora ha comenzado a reclamar también la plataforma continental.

Nicaragua autoriza explotación petrolera en mar otorgado tras fallo de la CIJ

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Fuente: AFP

El presidente de Nicaragua, Daniel Ortega, afirmó ayer que su país otorgó una concesión de exploración de petróleo y gas en el territorio marítimo otorgado en fallo del mes de noviembre por la Corte Internacional de Justicia (CIJ) de La Haya, que definió los límites en el Caribe con Colombia y en la que ésta última perdió cerca de 160.000 kilómetros cuadrados de mar.

«Hemos asignado bloques para la exploración en la búsqueda de petróleo y de gas en los territorios ya definidos por la Corte y que le pertenecen a Nicaragua», aseguró el mandatario nicaragüence durante un discurso y que se confirma según el acuerdo presidencial 140-2013 en el que se autoriza al ministro de Energía y Minas, Emilio Rappaccioli, a negociar con la petrolera española Repsol un contrato de exploración y explotación de yacimientos petrolíferos en el mar Caribe.

Polarización

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Me preguntaba por estos días por qué hay tanta polarización política en América Latina, cuando Perogrullo me dio una respuesta inapelable: porque funciona.

Por: Andrés Hoyos
Chávez, el campeón en la materia, ganó un cuarto mandato el 7 de octubre de 2012 con un discurso plagado de insultos al rival, aunque desde luego que también aceitó la maquinaria con un gasto público desbordado. Sin embargo, la polarización no sólo le funciona a Chávez: otros caudillos subcontinentales se han hecho fuertes detrás de ella: Correa, Morales, Cristina Kirchner, el inefable Ortega y, sí, incluso el mismísimo Álvaro Uribe, que en estas materias es de signo apenas aparentemente contrario a los mencionados. Más difícil, claro, y más importante, es contestar la pregunta de por qué polarizar funciona. Lo que sigue es el esbozo de una hipótesis de respuesta.

La polarización política está emparentada —y no sólo de manera formal— con la telenovela porque, al igual que el melodrama exitoso, divide al mundo en buenos y malos, en amigos y enemigos, en blanco y negro, limitando al máximo los grises. Al igual que su pariente televisiva, la vertiente política es una apuesta por la pereza o la ignorancia del ciudadano promedio y, por la misma razón, cautiva la imaginación de gente poco ilustrada o perezosa que, dolorosamente, abunda en estos países. El cubrimiento espectacular de las noticias hecho por la televisión refuerza la polarización política, pues el medio simplifica y recarga las tintas casi por definición. A la prensa escrita la polarización le sirve menos, así caiga con frecuencia en la trampa.

Toda polarización es interesada y destierra la reflexión. ¿Para qué complicarse la vida si las cosas están claras de antemano? El sutil, el que matiza, el que no se asimila a un trato genérico, es triturado por la maquinaria maniquea. A veces la polarización parte de bases reales —un régimen agotado en Venezuela en 1998, una arrogancia guerrillera desbordada en Colombia en 2002— y puede ser necesaria, sobre todo cuando la amenaza que se cierne sobre una sociedad tiene la capacidad de destruirla. Churchill polarizó a Inglaterra en 1940 y, de paso, la salvó. Otras veces, claro, el tiro sale por la culata, como parece estarle pasando ahora a la derecha americana.

¿Se ha vuelto la polarización un vicio político, como proponen algunos? Yo creo que sí, tanto para quien la genera como para quien la consume, al punto de que cuando las polarizaciones necesarias dejan de serlo los adictos son los últimos en enterarse. Otra característica de la polarización es que aquellas que se prolongan mucho o soy muy agudas resucitan con facilidad, como lo demuestran las casi increíbles nostalgias peronistas que cada tanto resurgen en Argentina. La polarización obviamente le conviene a un caudillo y no sólo porque le ayuda a ganar elecciones; también lo reviste del famoso teflón que primero se señaló en el caso de Reagan.

Sea de ello lo que fuere, los polarizadores han resultado ganadores últimamente en América Latina. El recurso sólo se vuelve peligroso cuando los polos son tres o más, pues cabe entonces la posibilidad de que el gris salga favorecido. Las recientes elecciones presidenciales de México, divididas en tres y sin segunda vuelta, le dieron el triunfo a Enrique Peña Nieto, el gris candidato del PRI.

En cualquier caso, los lentes polarizados deforman el panorama político en vez de aclararlo y no son convenientes.

Fuente: Elespectador.com

Segunda temporada de la Isla Presidencial


Llega la segunda temporada de la ya famosa Isla Presidencial con un nuevo y divertido capítulo llamado El Volcán en el que los mandatarios latinoamericanos se enfrentan por la presidencia de la isla en medio de cómicas y burlescas situaciones.