“Con la paz viviremos como seres humanos”: padre Francisco de Roux

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Por: Daniel Rivera Marín
El padre Francisco de Roux habla en voz muy baja, piensa lo que dice. Sentado en una silla de una pequeña capilla del Colegio San Ignacio, en Medellín, se ve enjuto, sabio. Hace unas semanas los campesinos del Catatumbo lo llamaron para que les ayudara en el diálogo, hasta ese momento infructuoso, con el Gobierno. Y es que su labor de misionero en Barrancabermeja, en el Magdalena Medio, en la época de mayor violencia para el país, le dan los títulos de un negociador nato. Y pese al respeto que tiene por los seres humanos, a su trabajo por la paz, tantos lo han vituperado, lo han despreciado.

El Apóstol Pablo decía que era rico en vituperios, persecuciones, azotes, ¿usted también es rico de esa manera?
“Si uno trata de vivir el ideal cristiano en el seguimiento de Jesús es inevitable encontrarse con contradicciones, porque a nosotros no nos interesa el poder político, ni el reconocimiento social ni el prestigio, nos interesa el ser humano. Estoy convencido que la pasión de nuestro Señor Jesucristo, lo que apasiona a Jesús, es la dignidad humana. Y entonces los que están interesados por otras cosas, perfectamente legítimas, se sienten incómodos por la insistencia sin compromiso, sin negociación, que nosotros ponemos en la dignidad humana. Pongamos el caso de La Habana que consideramos es un proceso muy importante, pero no porque si La Habana sale bien va a ser reelegido Santos; ni porque si La Habana sale mal el uribismo se consolidará en el país; ni porque estemos detrás de un futuro político para las Farc. Lo que nos interesa es que termine esta guerra para que los colombianos podamos vivir como seres humanos en este país. Eso es lo que para nosotros está en juego en la Habana. Esta forma radical con que ponemos primero al ser humano nos lleva a tener contradicciones con la guerrilla, con paramilitares, con los gobiernos. Y entonces de todos los lados recibimos críticas y a veces nos vemos en situaciones de peligro graves. Ignacio de Loyola le pedía a Dios que los Jesuitas nos entregáramos con decisión anunciar el evangelio y que pedía que tuviéramos persecuciones porque eso ellas son señal de que estamos trabajando por el Reino de Dios”.

¿Por qué decidió hace años dedicarse a trabajar con los campesinos? ¿Eso es tomar la cruz?
“Nosotros los jesuitas no podemos separar la proclamación de fe de la lucha por la justicia. Esto lo llevamos desde el corazón de la Iglesia. Nos tomamos muy en serio el mensaje de esa parábola del juicio final cuando se oye la voz de Jesús contra quienes dejaron pasar la injusticia y el sufrimiento: ‘vayan malditos al fuego eterno porque tuve hambre y no me dieron de comer, tuve sed y no me dieron de beber, estaba desplazados y no me recibieron, estaba en las cárceles y no fueron a verme…’; lo que dice Jesús es que era Dios el que sufría el hambre y la exclusión y el abandono en las víctimas de la historia. Por eso nos parece normal ver al Papa, que es jesuita, avanzar con gran determinación en esa dirección, invitando a un ecumenismo en que se unan todas las religiones para colaborar con Dios que se abre paso en todos los rechazados, empobrecidos y excluidos del mundo.

¿Qué frutos ha dado el trabajo que empezó hace 18 años en el Magdalena Medio?
“Además de frutos económicos, la finca campesina de frutos tropicales permanentes y la seguridad alimentaria, además de poner claro que tenemos que hacer los planes de ordenamiento territorial con la ocupación productiva de cada territorio por sus propios pobladores capacitados, organizados y en armonía con la naturaleza; el Magdalena Medio nos permitió comprender que hay que hacer el desarrollo dialogando con todo el mundo, campesinos, empresarios, pescadores, obreros, grandes empresas como Ecopetrol y Merieléctrica. Nos enseñó que el desarrollo de una región es su gente con dignidad, sin excluir a nadie; que el desarrollo no es que se produzcan más toneladas de aceite de palma ni más barriles de petróleo ni más kilos de oro, toda esa producción puede ayudar al desarrollo de la gente o puede desbaratarlo. El desarrollo es en una región el futuro para todas las familias sin exclusión protegiendo su medio ambiente, sus ríos, sus bosques, sus especies nativas, sus tradiciones culturales. Y el Magdalena Medio no enseñó también que la seguridad sostenible y tranquilizadora nos está en las armas sino en el “capital social”, que es el acumulado de confianza que se da unos a otros los habitantes de una región, cuando se puedan mirar a los ojos, hablarse con sinceridad, creerse los unos a los otros, escucharse, debatir la diversidad de los puntos de vista, dialogar, para que la tranquilidad de uno no se convierta la amenazas para los otros”.

¿Alguna vez ha perdido la esperanza?
“No. Pero sí estoy convencido de que el horizonte de trabajo y de responsabilidad que tenemos todo es muy grande. Por lo pronto creo que todos somos responsables de esta inmensa crisis humanitaria de Colombia con cinco millones de víctimas y más de doscientos mil muertos en la guerra, millones de desplazados, millones de hectáreas arrebatadas a los campesinos y extorsiones en ciudades y campos. Evidentemente son responsabilidades diferentes, es muy distinta la de un educador que la de un guerrillero; la de un militar que la de un Presidente de la República; la de un empresario que la de un paramilitar. Llegar a estos niveles de victimización y no ser capaces de reaccionar como nos lo debíamos muestra que en todos nosotros está profundamente oscurecido el sentido de nuestra propia grandeza y de nuestros inmensos deberes. Por eso esta guerra inacabable en la que todo vale: los secuestros, las minas, la coca, las chuzadas, los falsos positivos, todo esto que debería llenarnos de vergüenza ante el mundo. Ante todo esto, cualquier pueblo sano se resistiría a continuar las rutinas cotidianas sin abordar la hondura de la destrucción humana en la que está sumergido.

¿Cómo lo contactaron los campesinos del Catatumbo?
“El Catatumbo venía sufriendo una situación muy dolorosa desde hace mucho tiempo. Todavía me acuerdo de cuando fui a buscar a Carlos Castaño, estaba yo viviendo en Barrancabermeja, después de la masacre del 16 de mayo de 1998, a reclamarle por la desaparición y asesinato de 35 jóvenes, todos de la parroquia de los jesuitas, y él me dice que él no era el autor, que esa masacre la había hecho Camilo Morantes. Pero, que él no iba a criticar porque esa semana el acababa de hacer la limpieza de La Gabarra. En esa semana habían matado 60 campesinos en La Gabarra, Catatumbo. Esas cosas terribles continuaron allá.

Tengo que decir, también, que fui testigo en esa época, entre 1998 y 2002 o más, de la forma como las relaciones entre las fuerzas armadas y los paramilitares eran de apoyos mutuos; relaciones que afortunadamente cambiaron después. Pero todo el dolor de lo que ocurrió desde entonces lo llevan los campesinos en el alma. Comunidades enteras que fueron victimizadas, sometidas al silencio, al terror, al pánico. La presencia de la guerrilla en ese territorio, ejerciendo formas de poder ilegal, eficaz, intimidante y al mismo tiempo protector del sembrador de coca, y las confrontaciones de la guerra colombiana en las batallas y acciones en las que todo vale en escenarios aterrado de la sociedad civil. Y luego la serie de promesas del Estado incumplidas. Diez municipios que tienen una enorme riqueza agrícola y un campesinado sin poder sacar sus productos. Cuando el campesino no tiene carreteras, cuando enfrenta precios que nos pagan los costos de producir sin apoyo para los insumos agrícolas, ni crédito, ni transporte, la necesidad de subsistir lleva en la montaña a los cuarterones de coca, el cuarto de hectárea del que el labriego saca la plata para sobrevivir; y también la expansión de la coca en otras fincas. No es de extrañar que la coca que solo existía en uno de los municipios se extendió a los diez.

Dentro de ese contexto se desarrolla la Asociación de Campesinos del Catatumbo, que desde hace unos seis años comienza a soñar con la posibilidad de una Zona de Reserva Campesina (ZRC), tal como lo plantea la ley de 1994. El campesinado del Catatumbo que vive en una situación de dolor y de decisión de reivindicar sus derechos, encuentra un liderazgo que le ayude a canalizar sus reivindicaciones en la Asociación Nacional de Zonas de Reserva Campesina y así organiza la protesta.

Inicialmente el Gobierno no se dio cuenta de la profundidad de las cosas que estaban ahí en juego. El gobierno se presentó inicialmente con ministros y viceministros pero el escenario no fue de diálogo sino de presentación de posiciones de lado y lado y de acrecentamiento de las desconfianzas mutuas. Después de 52 días los líderes campesinos me buscaron para pedir que les ayudara, querían encontrar condiciones para superar la desconfianza, me pidieron que les ayudara a conformar una comisión de garantías. Sobre esa base ellos estaban dispuestos a detener el bloqueo y empezar conversaciones a fondo en un clima favorable.

El Presidente recibió a Angelino Garzón, Ernesto Samper y Juan Fernando Cristo, miembros de esa comisión, mostró su disposición de un diálogo sin restricciones sobre todos los temas sobre el supuesto de que se terminara el bloqueo y propuso posteriormente que se convirtiera el Catatumbo en un laboratorio de paz.

Lo primero que esperan los campesinos es un subsidio para las familias a las que les erradicaron la coca, porque estiman ellos ganaban 500 mil pesos mensuales con eso. Piden que mientras comienzan los proyectos alternativos que requieren crédito, tecnología, carreteras, puedan contar con ese subsidio. Lo segundo que esperan es que se dé la ruta legal para la creación de la Zona de Reserva Campesina del Catatumbo. Más allá de eso y de una manera cuidadosamente preparada, piden un plan de desarrollo integral con respeto de los derechos humanos en todo el territorio”.

¿Por qué el Gobierno tiene tanta reticencia a las ZRC?
Por la guerra en el país, yo por eso creo que es sensato llegar primero a la paz en La Habana y terminar la guerra con las Farc antes de avanzar en la creación legal de nuevas ZRC. Mientras no termine la guerra lo normal es que el Ejército y mucha gente tenga miedo a las Zonas de Reserva Campesina porque piensan que la guerrilla se va a reguardar en esos territorios. Pero las ZRC son en si mismas muy favorables para el campesinado. Permiten una relación directa y ágil entre las instituciones y las organizaciones campesinas, funcionan sobre la participación de los pobladores y la relación directa con todas las instancias del Estado, garantizan la producción de alimentos y de productos agroindustriales en fincas campesinas, evitan el avance del latifundio improductivo y también la proliferación del microfundio.

El ministro de Defensa dijo que algunos de los líderes de la protesta eran guerrilleros…
“No se por qué el ministro dice eso. Hasta donde yo conozco las cosas allí hay un liderazgo campesino muy serio, preparado y valiente. Que el país no conoce. Es un liderazgo audaz, analítico, que sostienen una propuesta de paz a partir de la transformación del campo. Ha surgido en las zonas de conflicto. Ha crecido en medio de la guerra. No tiene armas ni le interesa el camino armado. Ha encontrado una expresión política en la Marcha Patriótica y recoge lo mejor de lo que fue la Unión Patriótica campesina. La guerrilla los respeta. Van a jugar un papel muy importante en una Colombia sin guerra. Tienen sus posiciones ideológicas. Personalmente me he tenido discusiones con ellos porque en cuestiones de economía y de política no pienso igual. Pero considero que en una democracia tiene que haber lugar para posiciones como las de ellos y para lo que ellos significan para el campesinado colombiano.

¿Qué significará el fin del conflicto para los campesinos colombianos?
“Tengo el recuerdo de la reunión de Barrancabermeja hace dos años. Vinieron campesinos de todas las zonas en conflicto. La gente que había visto sus campos sembrados de minas antipersonal. Familias que vieron sus hijos partir a la guerrilla y a los paramilitares. Líderes que habían visto morir a su gente más querida. Había unas 18 mil personas. Allí el grito colectivo fue muy claro. ¡Paren esa guerra! ¡Párenla de todos los lados!”.

¿Cree que estamos a las puertas de una reforma en la Iglesia?
“Veo que el Papa está dando muestras de lo que el mundo espera de la Iglesia: entregada al ser humano. Puesta al lado de los que sufren, de las ilusiones y la energía de los jóvenes, de la sabiduría de los viejos. Una iglesia que va a buscar a Dios que está actuando en el mundo. Que llega a la gente sin miedo. Sin prevenciones. Que acompaña al ser humano con determinación y al mismo tiempo con claridad sobre los grandes valores del evangelio, la fe, la justicia el sentido verdadero del amor”.

¿Incomoda a alguien las peticiones que ha hecho el papa acerca de la austeridad de la Iglesia?
“A mí por lo menos no. Me alegra al contrario que el Papa pida que nos despojemos de riquezas, poder, prestigio, y nos pongamos con sencillez al lado de la gente”.

¿Qué se puede esperar de un papa Jesuita?
“Que en su servicio a la comunidad cristiana del mundo y a toda la iglesia viva siga la espiritualidad de Ignacio de Loyola en el seguimiento de Jesús; y sigan buscando y hallando a Dios en la realidad de las mujeres y los hombres como son, sin temor, para colaborar con la misión de Dios en el corazón de todos los seres humanos”.

¿Cree que vendrá el papa Francisco a Colombia?
“Me gustaría mucho que viniera un día y nos ayudara a trabajar por la paz porque él ha pedido que sigamos buscando por el dialogo y la reconciliación de la paz de los colombianos”.

Fuente: ElColombiano.com

¿Guerras defensivas?

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Por: Jorge Orlando Melo
Cuando la Oficina de Derechos Humanos de las Naciones Unidas pidió que la justicia colombiana investigara los indicios de excesos de la Fuerza Pública en el Catatumbo, los irritados voceros oficiales respondieron, como si no hubieran oído nada, que se equivocaba, pues era la justicia colombiana la que debía investigar si había delitos. Y el Eln mandó una carta a la Iglesia que niega que para lograr la paz haya que entregar las armas, a menos, parece, que el Ejército también haga su desarme.

Lo que tienen en común estas respuestas ilógicas es que muestran que las convicciones que alimentaron la tragedia colombiana siguen vivas.

Muchos justifican la guerrilla como una respuesta inevitable y lícita a las injusticias sociales, la desigualdad, las limitaciones de la democracia, la violencia estructural del sistema. No pongo en duda la buena fe de los defensores de la lucha armada, pero, fuera de que es falso que esta sea el resultado de esos factores, los efectos muestran que la guerra defensiva a nombre del pueblo fue un trágico error, un crimen con consecuencias terribles para el pueblo, para los movimientos que buscan una sociedad justa, para los partidos que creían que podrían luchar legalmente por los objetivos sociales de las Farc.

Como resultado de casi 50 años de guerrilla, la sociedad colombiana se endureció: se formaron los paramilitares, el Ejército apeló a la tortura y algunos de sus miembros, díscolos y desobedientes, usaron “todas las formas de lucha” contra la guerrilla, la población apoyó el autoritarismo.

Si no hubiera habido lucha armada, Colombia sería menos desigual; los partidos políticos de izquierda, más fuertes; la democracia, más real; la economía, más próspera; el Ejército, más chiquito; la política social, más eficaz, y la opinión, menos derechista, menos dispuesta a creer que contra la guerrilla todo vale. Los males de los que nos iba a librar esta no hicieron sino crecer por ella, y eso lo ignora la carta del Eln.

Los paramilitares, los militares que en los ochenta apoyaron la guerra sucia contra la UP o los simpatizantes civiles de la guerrilla tenían un argumento similar: hacían una guerra defensiva para proteger a los civiles a los que el Estado no podía, por la lógica de la guerra irregular, defender. Y también tuvieron un resultado contraproducente. Si la guerrilla sobrevivió fue por el rechazo de buena parte del país a los excesos militares, que terminó llevando a que la opinión, aterrada, se inclinara por una eterna negociación.

Los extremistas se alimentan mutuamente. Creen defenderse de las injusticias de las que son víctimas, y atacan ante todo a los simpatizantes desarmados del adversario. La guerrilla secuestra a empresarios o civiles que simpatizan con el Estado; sus enemigos atacan la “subversión interna”, los maestros y sindicalistas, los organizadores populares, los que podían dar aliento a la guerrilla. Así como la idea de que la guerra no se gana por el estorbo de las normas nutre la errada reforma de la justicia penal militar, el recuerdo de los movimientos civiles estimulados por una guerrilla armada distorsiona la percepción de los funcionarios, que se inquietan, en el Catatumbo, por la presencia de simpatizantes de la guerrilla.

Hemos ensayado durante décadas la guerra defensiva de lado y lado, sin éxito. Es el momento de invocar un pacifismo total, e insistir ante la guerrilla en que lo que busca solo se puede lograr si deja las armas, pues una paz armada es contradictoria y atraería más violencia contra ella. Y pedir al Gobierno que no calme a los partidarios de la guerra total con gestos de un belicismo que va contra sus propios esfuerzos de paz.

Fuente: ElTiempo.com