En la política colombiana hay derrotas que no provienen del adversario ideológico sino de la propia fragmentación. La historia reciente de la derecha antioqueña parece estar marcada por ese fenómeno, y el movimiento político del alcalde de Medellín, Federico “Fico” Gutiérrez, se ha convertido —quizás sin proponérselo— en uno de los principales catalizadores de ese “fuego amigo”.

El fenómeno no es nuevo. Ya había ocurrido en las elecciones locales de 2019, cuando la dispersión de candidaturas cercanas a la derecha terminó facilitando el triunfo de Daniel Quintero en la Alcaldía de Medellín. En aquel momento, el candidato respaldado por el sector político de Gutiérrez, Santiago Gómez, compitió en un escenario fragmentado donde varios aspirantes disputaban un electorado ideológicamente similar. El resultado fue que Quintero logró imponerse con una votación relativamente baja para los estándares históricos de la ciudad, pero suficiente en un panorama de división.

Seis años después, el escenario parece repetirse, esta vez en el terreno legislativo.

En las recientes elecciones al Congreso, el movimiento político cercano a Gutiérrez decidió entrar de lleno en la disputa por el Senado con listas propias o alianzas que terminaron sumando votos dispersos. En un sistema electoral como el colombiano, donde existe un umbral mínimo de votación para acceder a curules, la fragmentación no solo debilita a los bloques ideológicos, sino que puede convertir miles —o incluso millones— de votos en cifras políticamente inútiles.

Eso es precisamente lo que, según varios analistas electorales, podría haber ocurrido con el llamado “fiquismo”. Al no alcanzar el umbral requerido para obtener representación, los votos que movilizó ese sector terminaron perdiéndose en la aritmética del sistema electoral. En términos prácticos, esa decisión pudo haberle costado a la derecha colombiana entre tres y cuatro senadores, curules que habrían podido consolidar un bloque opositor más fuerte en el Congreso.

La paradoja es evidente: un liderazgo que se proyecta como referente nacional de la derecha podría haber contribuido, al mismo tiempo, a debilitar su representación parlamentaria.

La lógica del personalismo político

El fenómeno tiene raíces más profundas que un simple error estratégico. Responde a una dinámica cada vez más visible en la política colombiana: el predominio de los proyectos personalistas sobre las coaliciones ideológicas estables.

Durante décadas, Antioquia fue un territorio donde las maquinarias políticas tradicionales de derecha lograban coordinar candidaturas relativamente unificadas. Sin embargo, en los últimos años ese esquema se ha resquebrajado. Nuevos liderazgos locales, movimientos independientes y proyectos personales han fragmentado el mapa político.

El caso de Gutiérrez ilustra esa transición. Su carrera política se ha construido sobre una narrativa de independencia frente a los partidos tradicionales, incluso cuando sus posiciones programáticas lo ubican claramente dentro del espectro de la derecha o del centro-derecha. Esa identidad híbrida le ha permitido ampliar su base electoral, pero también ha generado tensiones con las estructuras partidistas que históricamente representaban a ese sector ideológico.

Cuando esas tensiones se trasladan al terreno electoral, el resultado suele ser la multiplicación de listas y candidaturas que compiten por el mismo electorado, muestra de ello lo sucedido en las recientes elecciones legislativas donde su hermana Juliana Gutiérrez sacó la mayor votación de Antioquia al Senado, pero Creemos no obtuvo ninguna curul.

Medellín como laboratorio político

Medellín se ha convertido en un laboratorio donde se observa con claridad esta fragmentación. La ciudad que durante décadas fue considerada un bastión conservador ha vivido en los últimos años cambios políticos abruptos.

La elección de Quintero en 2019 fue uno de los primeros síntomas de esa transformación. No se trató únicamente del ascenso de un candidato outsider, sino también del fracaso de las fuerzas tradicionales para construir una candidatura única capaz de mantener su hegemonía.

La situación actual sugiere que la lección de aquella elección no fue completamente aprendida. La competencia entre distintos proyectos dentro de la misma órbita ideológica continúa debilitando la capacidad electoral de la derecha paisa.

El dilema estratégico de Fico

Para Gutiérrez, la estrategia tiene una lógica propia. Construir un movimiento político independiente le permite proyectarse como figura nacional sin depender de los partidos tradicionales. En un escenario político donde la desconfianza hacia las colectividades es alta, esa autonomía puede convertirse en un activo electoral.

Sin embargo, esa misma estrategia puede generar efectos colaterales en el corto plazo. Cuando un movimiento emergente compite directamente con partidos consolidados por el mismo electorado, el resultado suele ser la dispersión del voto.

En sistemas con umbral electoral, esa dispersión puede ser letal, pero también es escenarios como la carrera presidencial en la que se vuelve crítico quién pasa a segunda vuelta. Su apoyo al candidato Abelardo de La Espriella podría jugar nuevamente en contra de la derecha al fragmentar el voto de Paloma Valencia, posibilitando que una opción de derecha «dura» pase a segunda vuelta y se quede sin los votos del centro.

El dilema, entonces, es claro: fortalecer un proyecto personal puede terminar debilitando el bloque ideológico al que ese proyecto pertenece y que en este caso afecta a partidos como el Centro Democrático, Conservador, Salvación Nacional y Cambio Radical.

Una derecha que aún no aprende a coordinarse

Lo ocurrido plantea una pregunta más amplia sobre el futuro de la derecha colombiana. Mientras otros sectores políticos han logrado consolidar coaliciones electorales relativamente amplias, este sector sigue enfrentando dificultades para coordinar estrategias comunes.

Las disputas internas, los liderazgos regionales y las ambiciones presidenciales anticipadas han terminado convirtiéndose en obstáculos para la construcción de proyectos colectivos.

En ese contexto, el movimiento Creemos de Gutiérrez aparece como una pieza más dentro de un rompecabezas de fragmentación que afecta particularmente a Antioquia, uno de los principales bastiones electorales del país.

El costo del fuego amigo

En política, los adversarios no siempre están al frente. A veces aparecen dentro del mismo campo ideológico, compitiendo por el mismo espacio político y por el mismo electorado. «Divide y vencerás», atribuida al emperador romano Julio César, la frase describe cómo mantener el poder fragmentando a los oponentes, evitando que se unan contra un enemigo común. Lo curioso es que en este caso, no es un oponente.

Si los cálculos sobre el impacto electoral del fiquismo se hacen bajo este prisma, el resultado sería una paradoja difícil de ignorar: el alcalde de Medellín, una de las figuras más visibles de la derecha colombiana, habría contribuido indirectamente a reducir su presencia en el Senado y favorecería la candidatura a la presidencia de Cepeda, así como sucedió en el pasado con Quintero.

No sería la primera vez que ocurre. Y probablemente no será la última. La historia política reciente de Antioquia parece demostrar que, para la derecha paisa, el enemigo más persistente no siempre ha sido la izquierda o el centro político. Con frecuencia, ha sido su propia incapacidad para evitar el fuego amigo.


Descubre más desde Galería Política

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Deja un comentario